viernes, marzo 30, 2007

Corto (o sigo?)
Un cortometraje complicado.
Si laguien se copa en producirlo, yo lo dirijo!


Función continuada.


El campanario se eleva por encima de las copas de los árboles.
Franquea la entrada, una pesada reja de hierro trabajado y después del patio, tres puertas ojivales de gruesa madera.
El tullido entra en escena acercándose lentamente hasta el portón. Busca en el manojo de llaves y destraba el candado que sujeta el pasador. Entre los ruidos de metales empiezan a repicar las campanas.
Mientras el tullido lucha con las rejas, las puertas de madera se abren de par en par.
Aparecen los novios saltando de contentos y cien amigos y parientes que rodean a la pareja y la estrechan en abrazos.
Por las puertas laterales siguen apareciendo invitados; todos vestidos para la ocasión.
Lentamente, uno a uno, van turnándose para saludar a los novios y después de hecho, buscan algún lugar del patio donde pararse a conversar sin estorbar.
Alguien tira puñados de arroz y pétalos multicolores.
Los novios no paran de besar mil mejillas perfumadas.
Llora la suegra e intenta consolarse levantando a una niñita que también llora.
Algunos adolescentes enredan la larga cola del vestido con la bisagra de la puerta y corren a esperar.
Aparece el cura saliendo por un puertita pequeña que debe dar a la sacristía. Fuma un puro inmenso y pesadamente trepa unos escalones hasta donde están los novios y entre sonrisas y movimientos de la cabeza les sopla el humo en la cara.
Finalmente la pareja se estrecha en un largo beso y entre aplausos y vítores la novia arroja el ramo entre las solteras.
Después, tomados de la mano bajan corriendo las escaleras, la cola se tensa, enredada como está, y a mitad de carrera la novia pierde el vestido en medio de una estruendosa carcajada general.
Entre la risa incontenible y el humo del cigarro, se ahoga el cura y tose apoyándose en una columna.
Algunos juegan con la larga cola blanca.
La suegra ya no llora y con la boca abierta señala a la pobre muchacha que se ha quedado parada en medio de la hilarante multitud. La enaguas, el corsé y el velo es todo lo que le ha quedado. Estalla en llantos y se cubre la cara avergonzada. El marido la abraza y hecha una mirada de odio a la gente que no para de reírse; después se pierden en el auto negro que no demora en arrancar.

En eso vuelve a aparecer el tullido entre la gente, también sonríe, desdentado. Lleva el canasto de la limosna en la mano y de allí va sacando cigarrillos que reparte entre todos los invitados.
Una a una, las personas encienden cada uno el suyo y se dedican a fumar y continuar charlando.
Se estaciona un nuevo auto junto a la vereda y se bajan un nuevo novio y su padre. Cruzan el portón abierto y entre algunos saludos y bienvenidas suben la escalera y se internan en la iglesia.
El cura saluda al paso metiéndose el cigarro en la boca y se apresura a perderse en la sacristía. Entra y antes de comenzar a vestirse, apaga el cigarro en un cáliz dorado que ha quedado junto a las ostias.
Poco a poco la gente vuelve a meterse en el templo demorando las últimas pitadas.
A medida que van entrando, arrojan las colillas a la pira de agua bendita que hay junto a cada puerta y se acicalan un poco mientras buscan su lugar entre los bancos.
En la taza de mármol van apilándose miles de cigarrillos medio fumados.
Cuando ya casi no queda nadie en el patio, llega la nueva novia que se baja radiante de un auto verde, se bajan con ella su hermano y su madre y se apresuran para entrar a la iglesia.
Algunas viejas arrastran de las orejas a los niños más rezagados y por fin, cuando ya no queda nadie en el patio, las puertas de madera se cierran.
El tullido vuelve a juntar las pesadas rejas, prepara el candado y con el estruendo del pasador, funde a negro.