viernes, marzo 30, 2007

Catacumba 4


José Luís termina de escribir y de pronto lo asaltan dos pensamientos inesperados. Por un lado intenta recordar cómo era su vida antes. Antes de la desazón. Que hacían él y sus amigos? Cuáles eran las cosas que pensaba? En dónde tenía depositadas su certezas? A dónde iba? Cuáles eran las cosas que lo hacían reír y cuáles llorar?
Y por otro lado se pregunta inútilmente cómo es que ha llegado hasta acá? Se encuentra rodeado de extraños! Silencioso; con muy pocas cosas para decir y nada de ganas para hacerlo. Cuál es el desvío que ha pifiado? En quién ha depositado erradamente su energía?
Mastica el culo del lápiz. Boca abajo aprieta la cintura contra la almohada y sin más prolegómenos empieza a masturbarse. Demora horas. La imaginación se resiste. Las mujeres de su vida se desvanecen. Hasta la piba del colectivo se esfuma en la vorágine de preguntas. Por fin una patética fantasía viene a socorrerlo: la locutora del informativo luce un escote levemente pronunciado. Llora. Acaba contra la pantalla del televisor justo cuando el limpiapisos milagroso interrumpe a la locutora. Cae rendido. “Cómo es que a esta altura tengo más preguntas que respuestas?”. Se dice.
Al poco rato se encuentra en calzoncillos y medias limpiando la pantalla.
Más tarde beberá mate cocido, algo que siempre odió; comerá el último tomatito de una planta que ha conseguido hacer brotar en su balcón; y hasta se sorprenderá a sí mismo mordisqueando un jabón!
Aburrido, insomne, inútil; agarrará sus doscientos cds, testigos de otra vida; y se pasará horas mezclando aleatoriamente tapas y discos. “Los niños que escriben en el cielo” en la caja de “Stan Getz”, uno de Miles en la caja de “Strombinguer” ; y así. Dino Saluzzi en la etiqueta de “Pictures at eleven”.
Ya cerca del amanecer, mientras deshoja sus libros al viento del balcón, recuerda un episodio: durante la tarde, cuando ya estaba en camino a su casa, abandonando la plaza de la hormonas; ha entrado en varios comercios a pedir que le cambien un billete de dos pesos por dos monedas de uno para poder pagar el puto colectivo que solo acepta monedas. Obviamente todos le dicen que no, porque ya es bien sabido que en esta ciudad, cuanto más hijo de puta sos mejor te sentís; hasta que por fin un muchacho gordo parado detrás de la caja de una rotisería le dice: “ Si, viejo; como no, acá tenés”; él, José Luís, que había entrado ya resignado a la negativa; se emociona, porque últimamente se emociona por cualquier boludéz; y sale del local con las dos monedas y los ojos llenos de lágrimas. No entiende porque le pasa eso. Se le está volviendo habitual: se sorprende y se emociona profundamente También llora y bufa de odio, cuando el cartonero es un niñito. Pero además llora cuando recuerda estas cosas; como ahora, mientras arroja al vacío las últimas paginas de las “Memorias del subsuelo”.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

El relato me parece fabuloso, en el sentido bukowskiano de las fábulas. Me gustaría publicarlo en mi blog habitante de Maldivas pero con mucho de Bariloche. Muy bueno, vívido.
En mi REM hay textos algo parecidos, palabras que salen a buscar lo que parece perdido y ahí está, en donde uno menos lo imagina.
Muy bueno.
Juan Pablo Melizza

10:00 p. m.  

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